Hace poco vi el video de un profesor de Física Cuántica que reconoce a sus alumnos que lo que va a explicarles no lo entiende nadie, ni siquiera Richard Feynmann. Bromea diciendo: “Ahora mismo, en esta clase, yo soy el único que no entiende Mecánica Cuántica. En unas semanas, vosotros tampoco lo entenderéis. Y podréis extender vuestra ignorancia a más gente”.
La física cuántica es el ejemplo paradigmático de materia compleja, oscura y contra-intuitiva. Pero me siento identificado con este profesor cuando me enfrento en mi trabajo a temas también complejos, de una naturaleza caótica, porque no hay una simple solución para ellos, o la misma solución puede dar lugar a múltiples resultados.
Sin embargo, hay toda una economía que aprovecha esta incomodidad, o incertidumbre, para vender en muchos casos puro humo: consultoras, frameworks, metodologías, libros de gestión… Me recuerda a la imagen del vendedor ambulante que aparece con su carro por un pueblo del siglo XIX vendiendo jarabes que lo curan todo.
Pero no curan nada, los problemas siguen ahí, quizás con otra cara, y llega otro vendedor con otro jarabe. Y así sucesivamente. Y yo mismo me veo enredado en esa maraña, con la empresa exigiendo decisiones sobre temas que nadie parece entender, forzado a simular que sabes de qué estás hablando.
Por lo menos ese profesor tiene la valentía de reconocer su ignorancia.