Darwinisimo balompédico

Durante el siglo XIX se practicaban diferentes juegos de pelota en Inglaterra, cada uno con sus propias reglas que variaban entre ciudades y escuelas. En algunos sitios se podía coger el balón con la manos, en otros se permitían los placajes, el número de jugadores variaba, el tamaño del campo, la duración de los encuentros… La llegada del ferrocarril favoreció la organización de campeonatos entre regiones y la necesidad de reglamentos unificados empezó a hacerse evidente. Diferentes códigos se propusieron con mayor o menor éxito y en 1863 un grupo de 12 clubes de Londres se propusieron unificar criterios, creando la Football Association (lo de “Association” era por diferenciarlo de otras reglas del momento; de este término se acabó derivando la palabra “Soccer”, algo así como los “asociacionistas”). Durante 6 reuniones en la Taberna Freemanson’s, entre el 26 de octubre y el 8 de diciembre, se sentaron las bases del fútbol tal y como lo concebimos hoy en día: prohibición de correr con el balón en las manos, de golpear o agarrar al adversario… Pero uno de esos clubes no estuvo de acuerdo con la deriva ñoña y cursi de este reglamento. ¡Qué era eso de no poder saltar todos sobre el tipo que tenía el balón! ¿Dónde está la regla que permite que veinte tipos sudorosos y embarrados se arremolinen abrazados sobre la pelota? ¿Y qué es eso de un balón redondo? ¡Un melón es lo que hace falta! Así que los tipos más altos, más corpulentos, más rudos y menos preocupados por las apariencias de sus orientaciones sexuales dejaron la asociación y se convirtieron en los fundadores de la Rugby Football Union.