Tengo orejas

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Uno de las primeras cosas que hice cuando cobré mi primer sueldo fue comprarme un equipo de música. Me acababa de mudar a Barcelona, compartía piso con tres personas más y me di el capricho de pillame un equipito para mi habitación. Fui a la tienda de electrodomesticos de la esquina (estamos hablando de finales de los 90, por aquel entonces existían estas cosas) y el chico que me atendió me ofreció uno que creo que rondaba las 40.000 pesetas (como he dicho, finales de los 90). Pero yo, crecidito como estaba con mi primer sueldo de una importante empresa consultora, le pregunté “Y ese, ¿qué tal ese otro?”, apuntando a uno que subía a las 80.000 pesetas. El chico, que no era mucho mayor que yo, me miró de arriba a abajo y me dijo “¿Tú que tienes, orejas u oídos?”. Tras unos segundos grogi por la pregunta que me acababa de hacer, le acabé reconociendo “Orejas, tengo orejas”. “Pues con este que te he dicho te sobra”. No hizo falta hablar mucho más, me quedé con el más barato.

Han pasado casi 25 años desde entonces y todavía recuerdo la honestidad y sabiduría de aquel chaval. Aquel día me podía haber colado uno no de 80.000, sino 120.000, porque tenía a su merced a un consumidor aparadalao, pero no, me vendió lo que necesitaba sin aprovecharse de mi. Y me dio una lección de consumismo. No es que un buen equipo de música no valga la pena, es que para poder apreciarlo hay que tener un oído entrenado, y lo mismo vale para un equipo de múscia, como para el vino, el número de megapíxeles de una cámara o la velocidad que un coche pueda alcanzar.

Así que este es el comentario de espíritu minimalista de hoy.