Confesiones virtuales

La confesión ha sido un mecanismo de doble filo que diferentes religiones han aprovechado para fidelizar a sus feligreses. Por una parte ofrece la posibilidad de «limpiarse», de descargar los sentimientos de culpa en un entorno discreto; por otra parte la organización religiosa se apodera de los secretos más oscuros que circulan entre sus devotos.

El mundo tecnificado de hoy puede cambiar las envolturas que nos rodean, pero en principio no cambian los aspectos más fundamentales del ser humano. ¿Dónde queda hoy en día entonces esa necesidad de «confesarse»? La gente no acude a los confesionarios a descargar sus culpas, al menos no de la forma que se hacía antes. ¿Cómo se va a llenar ese vacio?

La realidad virtual puede ofrecer oportunidades en este sentido. Imaginemos que te pones el casco y apareces en una antigua ermita, te sientas en el confesionario y dices «En el nombre del Padre, y del hijo y del Espiritu Santo». La voz de un sacerdote lee un pasaje de las Escrituras y te pregunta cuanto tiempo ha pasado desde tu última confesión…

Las empresas que ofrezcan este servicio (probablemente Facebook, Google, Apple…) almacenarán y procesarán con algoritmos de inteligencia artificial todos los secretos de todos y cada uno de los seres humanos de este planeta. Pasados unos cientos de años la gente olvidará que estas empresas empezaron como buscadores de Internet, o redes sociales, o vendiendo ordenadores; estas organizaciones se habrán convertido en las nuevas religiones globales, con sus dogmas, sus liturgias, sus credos y sus evangelios.

Y seguiremos tan perdidos como siempre. Cambiaremos la envoltura, pero seguiremos siendo fundamentalmente los mismos.