Paradigmas mundialistas

Mañana jugamos la final del Mundial.

La fase final empezó con 48 países. 16 de Europa, 12 de América, 10 de África, 9 de Asia, 1 de Oceanía. Solo quedan dos.

Nos lo hemos pasado bien. Y si ganamos mañana, será inolvidable.

Esto de los Mundiales en realidad es un “Grand Prix” a nivel planetario. En el programa de Televisión Española se invitan a unos cuantos pueblos a participar en pruebas absurdas para ver qué pueblo es el mejor. El programa es de mediados de los noventa, aunque está basado en otros programas anteriores (“Juegos sin Fronteras”, entre pueblos europeos, 1988-1992; “Campanile Sera”, entre pueblos del norte y sur de Italia, 1959-1962).

Y estas competiciones tipo “El Grand Prix” tiene una parte sana, de ver competir a gente de Villarriba contra los de Villabajo, y tú simpatizas con unos y te posicionas contra los otros. Es natural, como lo demuestra el “Paradigma del grupo mínimo”. El psicólogo Henri Tajfel lo explicó a principios de los 70 a través de experimentos como el siguiente: se divide a los participantes en dos grupos usando un criterio completamente trivial y arbitrario, como tirar una moneda al aire. No hay conflicto de intereses, no se conocen entre ellos, no hay historia previa entre los grupos. Y aun así, cuando después se les pide repartir puntos o recursos entre miembros de «su» grupo y del otro, favorecen sistemáticamente al propio.

En el caso de los mundiales, o las olimpiadas, nosotros, “los participantes”, nos dividimos en algo que no parece arbitrario, “los países”. Estas competiciones hunden sus raíces al final del XIX y principios del XX, organizadas durante el dominio absoluto de las naciones-estado. Ahora la globalización está dinamitando este concepto, aunque no parece afectar a nuestro apego a los colores. Obviamos cosas como que el 23% de los jugadores del Mundial no ha nacido en el país al que representan (289 de los 1248 inscritos). Y eso que no encuentro una estadística con el añadido de personas que nacieron en el país de padres inmigrantes, como nuestras estrellas Lamine Yamal y Nico Williams (para más inri, Iñaki, el hermano de Nico, ha jugado con Ghana).

Y esto mola. Porque unas competiciones que nacieron con una intención algo rancia, con vestigios de colonialismos y conceptos decimonónicos de nación (Coubertin, el padre del Olimpismo moderno tenía un lado oscuro), está evolucionando en una demostración palpable del crisol de identidades que cada camiseta conlleva. Está el riesgo de ser tolerantes solo con los que juegan bien al fútbol, pero quiero creer que ver a gente de diferentes orígenes representando los colores de tu equipo contribuye a asimilar la globalización de una forma que ningún discurso, artículo o libro es capaz de lograr.

Si ganamos, va a ser la repera. Aunque reconozca la arbitrariedad y trivialidad de lo que estamos viviendo. Es inevitable.

¡Vamos!